1930 (26 de septiembre): El giro de la Internacional Comunista y la situación en Alemania
2. La victoria parlamentaria del partido comunista a la luz de las tareas revolucionarias.
En la actualidad, la prensa oficial de la Internacional Comunista presenta los resultados de las elecciones en Alemania como una grandiosa victoria del comunismo; esta victoria pondría a la orden del día la consigna de la "Alemania soviética". Los burócratas optimistas se niegan a reflexionar sobre la significación de la relación de fuerzas que revelan las estadísticas electorales. Analizan el aumento de los votos comunistas con independencia de las tareas revolucionarias y de los obstáculos originados por la situación objetiva.
El partido comunista ha obtenido alrededor de 4.600.000 votos, frente a 3.300.000 en 1928. Este aumento de 1.300.000 votos es enorme si se mira desde el punto de vista de la mecánica parlamentaria "normal", teniendo en cuenta el aumento general del número de electores. Pero las ganancias del partido comunista se quedan muy pálidas comparadas con el progreso fulgurante de los fascistas que pasan de 800.000 votos a 6.400.000. El hecho de que la socialdemocracia, a pesar de importantes pérdidas, haya conservado sus cuadros principales y haya recogido más votos obreros que el partido comunista, tiene también una gran importancia en la valoración de las elecciones.
Sin embargo, si tratamos de averiguar cuáles son las condiciones internas e internacionales capaces de hacer bascular con el máximo de fuerza a la clase obrera del lado del comunismo, no se puede encontrar mejor ejemplo que el de la actual situación en Alemania: el nudo corredizo del plan Young, la crisis económica, la decadencia de los dirigentes, la crisis del parlamentarismo, la manera asombrosa en que se desenmascara a sí misma la socialdemocracia en el poder. El espacio del partido comunista en la vida social del país, a pesar de haber ganado 1.300.000 votos, continúa siendo débil y desproporcionado desde el punto de vista de las condiciones históricas concretas.
La debilidad de la posición del comunismo está indisolublemente ligada a la política y al funcionamiento interno de la Internacional Comunista; se muestra de manera aún más estridente si comparamos el papel social actual del partido comunista y sus tareas concretas y urgentes en las condiciones históricas presentes.
Es cierto que el partido comunista mismo no contaba con un crecimiento semejante. Pero eso prueba que, con sus repetidos errores y derrotas, la dirección del partido comunista se ha desacostumbrado a las perspectivas y objetivos ambiciosos. Ayer subestimaba sus propias posibilidades; hoy subestima de nuevo las dificultades. Un peligro se ve así multiplicado por el otro.
La primera cualidad de un partido revolucionario es saber mirar cara a cara la realidad.
Las vacilaciones de la gran burguesía.
En cada giro del camino de la historia, en cada crisis social, hay que volver a examinar siempre y una vez más el problema de las relaciones existentes entre las tres clases de la sociedad actual: la gran burguesía con el capital financiero a su cabeza, la pequeña burguesía oscilando entre los dos campos principales y, por último, el proletariado.
La gran burguesía, que no constituye más que una fracción ínfima de la nación, no puede mantenerse en el poder sin el apoyo de la pequeña burguesía de las ciudades y el campo, es decir, entre los últimos representantes de las antiguas clases medias y entre las masas que constituyen hoy las nuevas clases medias. En la actualidad, este apoyo reviste dos formas fundamentales, políticamente antagónicas, pero históricamente complementarias: la socialdemocracia y el fascismo. En la persona de la socialdemocracia, la pequeña burguesía, que va a remolque del capital financiero, arrastra tras de sí a millones de trabajadores.
La gran burguesía alemana, hoy, vacila; está dividida. Los desacuerdos internos son solamente sobre el tratamiento a aplicar a la crisis social actual. La terapéutica socialdemócrata repugna a una parte de la gran burguesía, ya que sus resultados son inciertos y trae consigo el riesgo de unos costes demasiado elevados (impuestos, legislación social, salarios). La intervención quirúrgica fascista le parece a la otra parte demasiado arriesgada y no justificada por la situación. En otras palabras, la gran burguesía financiera en su conjunto vacila en cuanto a la apreciación de la situación porque no encuentra todavía razones suficientes para proclamar el advenimiento de su "tercer periodo", en el que la socialdemocracia debe imperativamente ceder el puesto al fascismo; además, todos saben que, después del arreglo general de cuentas, la socialdemocracia será recompensada por los servicios prestados con un pogrom general. Las vacilaciones de la gran burguesía -a la vista del debilitamiento de los grandes partidos- entre la socialdemocracia y el fascismo son el síntoma más evidente de una situación prerevolucionaria. Es evidente que estas vacilaciones terminaran sobre la marcha desde el momento en que aparezca una situación realmente revolucionaria.